Una reflexión inspirada en el magnífico artículo «Dissecció del quatre de nou», de Oriol Pérez de Tudela.*
Hay una tendencia preocupante en el turismo contemporáneo: convertir el patrimonio en un catálogo de productos.
Monumentos. Museos. Fiestas. Tradiciones. Gastronomía. Castells.
Todo parece susceptible de empaquetarse, promocionarse y venderse.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a hacernos una pregunta esencial:
¿Qué hace posible que ese patrimonio siga existiendo?
Hace unos días leía *Dissecció del quatre de nou*, de Oriol Pérez de Tudela. Aunque el artículo parte del análisis de uno de los castells más emblemáticos de la cultura catalana, su lectura va mucho más allá de la técnica castellera. Es una invitación a comprender que aquello que admiramos nunca es fruto de la casualidad. Detrás de cada logro colectivo existe una comunidad, una forma de organizarse, una transmisión de conocimientos y unos valores compartidos.
Y fue entonces cuando pensé que ese mismo principio debería cambiar nuestra forma de entender el turismo.
El error de mirar únicamente lo visible
Cuando un visitante contempla un cuatro de nueve, ve el resultado.
Ve emoción.
Ve fuerza.
Ve equilibrio.
Pero no ve los cientos de ensayos, las generaciones que han transmitido el conocimiento, las familias que mantienen viva la tradición, los niños que empiezan desde pequeños, la confianza mutua o el compromiso colectivo.
Lo que vemos es únicamente la consecuencia.
Lo importante permanece invisible.
Con el turismo ocurre exactamente lo mismo.
Cuando promocionamos un casco histórico, una fiesta popular o una bodega centenaria solemos comunicar aquello que el visitante puede consumir.
Rara vez explicamos el sistema humano que hace posible que todo eso continúe existiendo.
Y ahí empieza el problema.
El patrimonio no es un recurso
Durante décadas hemos hablado del patrimonio como si fuera un recurso natural.
«Hay que ponerlo en valor.»
«Hay que rentabilizarlo.»
«Hay que atraer visitantes.»
Sin darnos cuenta, hemos adoptado un lenguaje propio de la extracción.
Pero el patrimonio no funciona como una cantera.
No es un recurso que podamos explotar indefinidamente.
Es un organismo vivo.
Depende de personas.
Depende de comunidades.
Depende de relaciones.
Depende de tiempo.
Cuando esas condiciones desaparecen, el patrimonio deja de ser auténtico mucho antes de desaparecer físicamente.
El verdadero patrimonio es el sistema que lo sostiene
Quizá el mayor aprendizaje que podemos extraer del mundo casteller es precisamente ese.
El valor no está únicamente en la construcción final.
El valor reside en la comunidad capaz de levantarla.
Eso cambia completamente la perspectiva.
Porque si aceptamos esta idea, entonces el objetivo del turismo deja de ser atraer más visitantes.
Pasa a ser fortalecer las condiciones que permiten que el patrimonio siga vivo.
No basta con llenar una plaza durante una actuación.
Hay que preguntarse si los ingresos generados ayudan a formar nuevos miembros, a mantener las entidades, a conservar los espacios, a transmitir el conocimiento y a reforzar el orgullo de pertenencia.
Si la respuesta es no, quizá estamos consumiendo patrimonio en lugar de contribuir a su continuidad.
Del turismo sostenible al turismo regenerador
Durante años hemos hablado de minimizar impactos.
Es un objetivo necesario.
Pero insuficiente.
El turismo regenerador plantea una pregunta mucho más ambiciosa:
¿Después de la visita, el patrimonio es más fuerte o más débil que antes?
La diferencia parece pequeña.
En realidad, cambia por completo el modelo.
Ya no basta con evitar el deterioro.
Hay que generar valor.
Valor económico para quienes mantienen viva la tradición.
Valor social para la comunidad.
Valor cultural para las nuevas generaciones.
Valor territorial para el conjunto del destino.
Si el turismo no contribuye a fortalecer el sistema que hace posible el patrimonio, difícilmente podrá calificarse de regenerador.
Cambiar el foco
Quizá hemos dedicado demasiado tiempo a diseñar experiencias para el visitante y demasiado poco a diseñar condiciones para quienes hacen posible esas experiencias.
Tal vez el verdadero reto no sea atraer más personas.
Sea conseguir que quienes sostienen nuestro patrimonio tengan más motivos, más recursos y más oportunidades para seguir haciéndolo.
Porque el patrimonio no necesita únicamente espectadores.
Necesita continuadores.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Una nueva manera de medir el éxito
Seguimos evaluando muchos destinos por el número de visitantes, las pernoctaciones o el impacto económico.
Son indicadores útiles.
Pero incompletos.
Quizá ha llegado el momento de incorporar nuevas preguntas.
* ¿Hay más personas implicadas en mantener viva la tradición?
* ¿La comunidad obtiene un beneficio real?
* ¿Los jóvenes quieren formar parte de ella?
* ¿El conocimiento se transmite mejor que hace diez años?
* ¿El turismo está reforzando la identidad del territorio o simplificándola para hacerla más vendible?
Cuando empecemos a responder estas preguntas, probablemente descubriremos que el éxito turístico tiene mucho menos que ver con las cifras y mucho más con la capacidad de una comunidad para seguir siendo ella misma.
Una última reflexión
Los castells no emocionan únicamente por su altura.
Emocionan porque representan algo extraordinariamente escaso en nuestro tiempo: la confianza.
Personas distintas, con edades, capacidades y responsabilidades diferentes, que solo alcanzan el objetivo porque entienden que ninguna es más importante que el conjunto.
Quizá esa sea también la mejor definición de un destino turístico saludable.
No aquel que recibe más visitantes.
Sino aquel donde el turismo ayuda a que la comunidad sea más fuerte que antes de abrir sus puertas.
Porque el patrimonio no se visita.
El patrimonio se sostiene.
Y si el turismo quiere tener futuro, tendrá que aprender a sostener aquello que dice poner en valor.
—
*Este artículo nace inspirado por la lectura de «Dissecció del quatre de nou», de Oriol Pérez de Tudela, cuya reflexión sobre el mundo casteller invita a mirar el patrimonio desde una perspectiva mucho más profunda que la del espectáculo. Recomiendo vivamente su lectura como complemento a estas líneas.*
Nos hemos permitido la licencia de traducirlo
Disección del 4 de 9
Ahora que ya hace más de una década que «Els Castells» está en el catálogo ordinario, y dada la relevancia que ha tomado el día 24 de junio de 2026, en un diálogo de altísima categoría que ha reconfirmado el papel de la plaza del Blat de Valls, unas notas técnicas y epistemológicas.
El Cuatro de Nueve es —definitivamente— el castillo que mejor encaja y refleja el talante vallense, y especialmente el de la Colla Vella que, dicho sea de paso, sobresale y hace más de diez años que lo consolidó como un activo propio, en el sentido de encarnar su esencia.
El Cuatro de Nueve «limpio», y más allá de la ya superada referencia mítica de la memorable y rememorada Santa Tecla (La Mercè) de 1881, es fundamentalmente un castillo de resistencia. Es el castillo más largo de los que se hacen y se deshacen, y este es el valor que deben integrar sus participantes. De hecho, esta era la barrera mental con la que tropezábamos cuando nos lo planteábamos a finales de los noventa: los segundos tenían tantas dudas que (casi) nunca nos decidíamos a afrontarlo, y la consecuencia era un fracaso recurrente y abismal. Parecía imposible, y todavía recordamos un día de Santa Úrsula con el transistor en la oreja, esperando noticias de Girona…
El techo de cristal era el tiempo, y cuando lo superaron (Sant Fèlix 2015), los mismos que nunca lo habían visualizado lo encontraron incluso fácil. Y desde entonces, un camino de rosas con pocos pinchos, aunque algunos han hecho mucho daño…
Cuatro de Nueve de la Colla Vella de los Niños de Valls. 24 de junio de 2026.
Ahora que ya hace más de una década que el castillo está en el catálogo ordinario, y dada la relevancia que ha tomado el día 24 de junio de 2026, en un diálogo de altísima categoría que ha reconfirmado el papel de la plaza del Blat de Valls, unas notas técnicas y epistemológicas.
El Cuatro de Nueve es —definitivamente— el castillo que mejor encaja y refleja el talante vallense, y especialmente el de la Colla Vella que, dicho sea de paso, sobresale y hace más de diez años que lo consolidó como un activo propio, en el sentido de encarnar su esencia.
El Cuatro de Nueve «limpio», y más allá de la ya superada referencia mítica de la memorable y rememorada Santa Tecla (La Mercè) de 1881, es fundamentalmente un castillo de resistencia. Es el castillo más largo de los que se hacen y se deshacen, y este es el valor que deben integrar sus participantes. De hecho, esta era la barrera mental con la que tropezábamos cuando nos lo planteábamos a finales de los noventa: los segundos tenían tantas dudas que (casi) nunca nos decidíamos a afrontarlo, y la consecuencia era un fracaso recurrente y abismal. Parecía imposible, y todavía recordamos un día de Santa Úrsula con el transistor en la oreja, esperando noticias de Girona…
El techo de cristal era el tiempo, y cuando lo superaron (Sant Fèlix 2015), los mismos que nunca lo habían visualizado lo encontraron incluso fácil. Y desde entonces, un camino de rosas con pocos pinchos, aunque algunos han hecho mucho daño…
Cuatro de Nueve de la Colla Vella de los Niños de Valls. 24 de junio de 2026.

Fotografía: Magí Mallorquí.
Superado el único obstáculo del castillo llamado «total», esta visualización de una eternidad que, cada vez que se repite, se hace más humana y transitable, los equipos que se van sucediendo encadenan la transmisión de este mensaje invisible, de una resistencia que es más mental que física, quizá. En cada piso se vive de una manera diferente, porque los quintos y los sextos (que, en honor a la realidad, deberían llamarse quintas y sextas) hacen aproximadamente el mismo esfuerzo que harían en un Cuatro de Ocho. La diferencia la marcan los cuartos, más los tercios y, sobre todo, los segundos (donde todavía está Albert Cortès Solé, que los ha hecho todos y que ya iba en los primeros intentos de 1999).
Estos tres primeros pisos (descubiertos) hacen un sobreesfuerzo porque cada uno, en su sitio, asume un grado de exigencia extra en cuanto a peso y tiempo de resistencia. Espontáneamente, y a lo largo de este recorrido en el que la Colla Vella ha consolidado el control y el conocimiento intuitivo del castillo, han aprendido a resistir (el tiempo), a permanecer de pie y a mantener la posición: es la única exigencia del castillo de cuatro que, en el de nueve pisos, se sublima. El éxito consiste en mantener una quietud que se hace larga y pesada y que se ha convertido en costumbre…
En un mundo que celebra la hiperactividad, aparecen propuestas que reinterpretan el estoicismo clásico (Ryan Holiday es un ejemplo mediático): la quietud como condición para la correcta acción. Estas versiones contemporáneas de la paz helenística incorporan las sabidurías de todo el mundo. Los budistas, los taoístas, los grandes artistas y los líderes espirituales llegan a conclusiones similares: sin espacio interior es imposible encontrar el camino. El argumento está implícito: todas las grandes tradiciones espirituales convergen en la necesidad del silencio interior.
El cuatro es diferente del tres o del dos, por referenciar la gama básica que a menudo se pierde en un horizonte de combinatorias valiosas a nivel competitivo, pero desconectadas de la sabiduría castellera, poco escrita, por otra parte. Por eso, quizás, hace algunos años que la Colla Vella tiende a culminar temporadas en las que su propuesta son versiones del castillo de cuatro.
¡Hemos aprendido a resistir el tempo del castillo de cuatro y vivimos en esta exhibición inocente, que a menudo nos desconcierta, cuando la falta de dominio de otros castells se nos hace incomprensible!
Diríamos que, a partir de esta lectura de la excelencia manifiesta del castillo de cuatro, podríamos inferir una inocencia pueril y frágil a la vez, que explicaría por qué hay tan pocas pandillas que accedan —aunque sea puntualmente— a esta cumbre y que, curiosamente, la que más se acerca sea la Colla Joves Xiquets de Valls, vallense, que, si bien se explica a través de la continuidad de la Colla Vella, queda más y mejor explicado en tanto que vinculado a la tradición de los Xiquets de Valls.
Valls es la cuna de los castells y su esencia está inyectada en el corazón de la mayoría de las familias de la ciudad —que es un pueblo grande—. La continuidad bicentenaria de los castells y la vitalidad constante de los dos grupos en competencia han asegurado y aseguran un vigor emocional irrepetible en todas partes. Sin embargo, al mismo tiempo, es difícil que Valls integre perspectivas técnicas y análisis que permitirían superar este estado emocional, que es (quizás) la base estructural de sus castells y su techo de cristal al mismo tiempo.
Cuando hace treinta años —sobre todo de la mano de unos Castellers de Vilafranca que recibieron sangre exógena, y de unos Minyons y una Jove de Tarragona que hacían propuestas de modernización social— los castells tomaron un camino deportivo y mediático, los vallencs quedamos fuera de juego, relativamente: la forma de afrontar los castells cambió. Todo se calculó mucho más y mejor. De hecho, en Valls nunca se había calculado nada. Y parecería que la excelencia castellera habría cambiado de protagonistas.
Sin embargo, y dado que la práctica del ejercicio es eminentemente popular, las diferencias estadísticas son a menudo contestadas con éxitos como el del Cuatro de Nueve.
El Cuatro de Nueve es una prueba de la resistencia acumulada por la larguísima historia de los Xiquets de Valls, que se reivindica una y otra vez, como aquel poblado de la Galia irreductible en el Imperio de Augusto, estoicamente y sabio.
Oriol Pérez de Tudela
26 de junio de 2026
«Out of the Box»: Innovación Abierta para Soluciones Transformadoras