Plan Internacional de la Gastronomia ¿Y si el primer mercado internacional fuera nuestra propia casa?

La aprobación del Plan Internacional de la Gastronomía Española me parece una magnífica noticia.

Supone reconocer oficialmente algo que muchos llevamos tiempo defendiendo: la gastronomía no es un sector económico más. Es un auténtico ecosistema que conecta agricultura, ganadería, pesca, industria alimentaria, comercio, hostelería, turismo, cultura, conocimiento y paisaje. Un sistema complejo capaz de generar riqueza, empleo, identidad y proyección internacional.

Precisamente esa es una de las principales conclusiones del reciente informe elaborado por KPMG junto a la Real Academia de Gastronomía: la gastronomía representa uno de los grandes motores económicos del país, con una aportación superior al 27 % del Valor Añadido Bruto nacional, más de 374.000 millones de euros, cerca de 750.000 empresas y alrededor de siete millones de puestos de trabajo entre efectos directos, indirectos e inducidos. Estamos hablando de uno de los pilares de la economía española.
Y precisamente por eso me surgió una pregunta mientras leía el Plan.

¿Tiene sentido seguir pensando que la internacionalización empieza cuando cruzamos una frontera?

Quizá la primera frontera que deberíamos superar sea mental.

Porque existe un enorme mercado internacional que ya está en España.

Cada año millones de personas llegan a nuestro país atraídas por nuestro clima, nuestro patrimonio, nuestros paisajes… y, cada vez más, por nuestra gastronomía.

Sin embargo, seguimos hablando de internacionalización como si el único objetivo fuera vender productos fuera de nuestras fronteras.

¿Y si el primer mercado internacional ya estuviera sentado hoy mismo en las terrazas de nuestros restaurantes, recorriendo nuestros mercados, visitando nuestras bodegas o descubriendo nuestros pequeños productores?

Quizá estemos buscando clientes internacionales demasiado lejos cuando ya los tenemos delante.

El informe de KPMG recuerda que las exportaciones agroalimentarias españolas alcanzaron en 2023 un récord histórico de 66.796 millones de euros, consolidando a España como una de las grandes potencias alimentarias del mundo. Es un éxito indiscutible.

Pero existe otra forma de internacionalizar que quizá todavía no estamos aprovechando suficientemente.

La que comienza cuando un visitante extranjero descubre un aceite, un vino, un queso, un embutido o una conserva durante su viaje.

Porque un turista satisfecho no solo consume durante sus vacaciones.

Puede convertirse en un consumidor durante años.

En un prescriptor.

En un importador indirecto.

En alguien que, al regresar a Berlín, Nueva York, Tokio o Copenhague, busca ese vino que descubrió en una pequeña bodega, ese aceite que probó en una almazara o ese queso que degustó en una feria local.

La internacionalización no empieza necesariamente en un contenedor.

Muchas veces empieza en una mesa.

O mejor dicho…

Empieza en una experiencia.

Y eso nos lleva a otra reflexión igualmente importante.

Durante demasiado tiempo hemos identificado la gastronomía con aquello que sucede sobre un plato.

Pero la gastronomía empieza mucho antes.

Empieza en quien mantiene un olivar centenario.

En quien cuida un viñedo.

En quien sale a faenar antes del amanecer.

En quien conserva una raza autóctona.

En quien protege un mercado tradicional.

En quien transmite una receta familiar.

En quien recupera unos castaños milenarios.

En quien interpreta un territorio para quien lo visita.

Los cocineros son extraordinarios intérpretes de ese patrimonio.

Pero ese patrimonio no existiría sin todas las personas que lo hacen posible.

Quizá haya llegado el momento de dejar de pensar la gastronomía como una suma de restaurantes y empezar a entenderla como un sistema vivo.

Un ecosistema.

Porque cuando fortalecemos únicamente el último eslabón de la cadena corremos el riesgo de debilitar precisamente aquello que hace única nuestra gastronomía.

Y España no necesita demostrar al mundo que posee una gastronomía extraordinaria.

Los datos hablan por sí solos.

Somos uno de los países con mayor reconocimiento gastronómico del planeta, con centenares de restaurantes distinguidos por Michelin, algunos de los mejores chefs del mundo, cientos de denominaciones de origen y una diversidad de productos difícilmente comparable.
Quizá el verdadero reto ya no sea construir reputación.

El mundo ya nos admira.

El reto consiste en transformar ese prestigio en desarrollo territorial, en bienestar para quienes producen y en oportunidades para las comunidades rurales.

Y aquí aparece una cuestión que trasciende incluso al propio Plan.

Si aceptamos que la gastronomía depende del territorio, también deberíamos preguntarnos quién mantiene vivo ese territorio.

Cada verano hablamos de incendios, despoblación, abandono del mundo rural o pérdida de biodiversidad.

Sin embargo, pocas veces relacionamos todos esos desafíos.

Quizá la gastronomía pueda ser una de las grandes respuestas.

No únicamente como motor económico.

Sino como una herramienta capaz de generar valor para quienes producen, conservan y cuidan los paisajes que la hacen posible.

Porque un paisaje que genera riqueza es un paisaje que tiene más posibilidades de ser conservado.

Y un territorio cuidado produce mejores alimentos.

Mejores experiencias.

Más identidad.

Y también una mayor capacidad para competir internacionalmente.

Por eso la gastronomía ya no debería entenderse únicamente como una política de promoción exterior.

Debería ser también una política agraria,turística,ambiental,cultural,educativa y como no, territorial.

En definitiva, una verdadera estrategia global.

Porque quizá el auténtico liderazgo internacional ya no consista únicamente en tener algunos de los mejores restaurantes del mundo.

Quizá consista en demostrar que somos capaces de utilizar la gastronomía para conservar nuestros paisajes, fortalecer nuestras comunidades, convertir al turista en nuestro primer embajador y hacer que cada experiencia gastronómica sea también una oportunidad de internacionalización.

Si algún día conseguimos eso, no solo habremos construido una gran marca gastronómica.

Habremos construido un país mejor.

Y entonces sí podremos decir que la gastronomía ha dejado de ser una política de promoción para convertirse, por fin, en una auténtica cuestión de Estado.

 

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